martes, 23 de abril de 2013

¿Serás mi compañía?

No se que depara el futuro, pero aunque de miedo, se acerca inminente y lo vivimos a cada segundo que pasa.

Lo mejor para afrontarlo es estar preparados para todo, ser eficaces y precisos en todos nuestros movimientos, sentirlo todo y vivir una realidad común...

Pero esto es imposible porque por suerte hay tantas realidades diferentes como personas en el mundo, la vida es tan imprecisa que cada instante podría sernos letal.

¿Qué podemos hacer más que juntarnos y avanzar en silencio? No necesitamos más, con miradas lo diremos todo, con lagrimas nos sentiremos reales y con sonrisas sobran las palabras para perseguir carcajadas, y estas, todas nuestras metas.

¿Serás mi compañía en este camino? Puedes ser mi rey y yo tu corazón de León...


By: Kiissy

miércoles, 10 de abril de 2013

Prisionero en un pájaro de hierro (II)


A la mañana siguiente fui consciente del trajín que había estado llevando y de la cara factura que debía pagar ahora por ello.

Me atreví a desperezarme cuidadosamente y me retocé entre las sábanas un rato más mientras abrazaba mi almohada ignorando mis doloridas extremidades.
Hasta mi móvil el cual seguía en el bolsillo de mi pantalón (por suerte) sonó con la melodía country que venía con el modelo de la compañía.

-¿Digame?-Contesté arrastrando la última letra.
-Cielo soy mama, ¿Como fue el viaje? ¡Mira que no haber llamado! Te tengo dicho que en cuanto llegas al aeropuerto tienes que llamarme…

-Aham mamá…

-Estábamos preocupados tu padre y yo, da gracias a que usamos el sentido común y no nos pusimos en lo peor o ya habríamos ido a buscarte al aeropuerto de madrugada.

-Pero mamá…
-Nada, nada, por suerte estás bien y seguro que aún dormida, ¿Pero tu has visto que horas son? Ya se yo que no comes nada desde ayer.
-Mama escucha…
-¿Quieres que vaya y te haga unas tostadas? Porque…
-¡Mamá!
-¿Si?
-Estoy bien, gracias, solo un poco cansada.
-Oh, bien, maravilloso, pues cariño espero que no te importe pero ¿Podrías ir a recoger a tu hermano al aeropuerto hoy?
Y ahí estaba el verdadero motivo de la llamada. Suspiré descansando la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados y con resignación respondí:
-¿A que hora?
-¡Esa es mi niña!-Escuché por primera vez a mi padre al otro lado de la línea-A las 12, ¡Besitos hija, tu madre y yo tenemos que ir a hacer unos recados!

Y así fue como mis ojeras y el pitido del teléfono nos quedamos a solas en mi apartamento.

Ya eran las once y media, me había vestido, desayunado y maquillado en tiempo récord.

Entré apresuradamente al edificio y enseguida noté como me refrescaba el fuerte aire acondicionado.

Aunque sentí un gran alivio, aún no había llegado a la puerta de desembarque así que tomé aire profundamente y retomé la carrera que me llevaría hacia mi hermanito.

Lucas, de 12 años, nació cuando yo ya tenía 13, una edad difícil, recuerdo que los peores años de mi vida fueron de los 11 hasta los 20, toda una odisea sobrevivir entre exámenes, hormonas y unos padres “ejemplares” claro está, pero él, vive feliz.

Ya podía imaginarle con una sonrisa, las mejillas sonrosadas, una maleta casi tan grande como él a rastras y ojeras, muchas ojeras por el largo viaje de estudios por el que se había encaprichado en Canadá.

Cuando llegué a las puertas, ya habían empezado a aparecer los pasajeros, por lo visto se había adelantado el vuelo.
-Menos mal que siempre voy con unos minutos de antelación.- Pensé aliviada .

Uno tras otro, los recién llegados se iban acercando dónde esperábamos las familias.
Otros nos esquivaban con la máxima delicadeza que se puede llegar a tener con 15 kilo de equipaje a cuestas y regresaban solos a casa.

Pasaron 5 minutos como 5 suspiros, me entretuve buscando entre la gente la cabeza pelirroja y pecosa de mi hermano, tratando de cruzar una mirada con él, pero no le vi. 
Allí casi no quedaba nadie más que una chica que acababa de llegar abrazando a lo que parecía ser su novio junto a una columna y a una familia de intercambio presentándose a su nuevo inquilino canadiense, pero ni rastro de Lucas.

Guardé la calma y escudriñé todo lo lejos que la vista me permitió el interior de la sala por donde se cogen las maletas, con la esperanza de que hubiese tenido algún problema con su equipaje, que se hubiese quedado enganchada o que no apareciese…

Pero tampoco le vi.
Ni entonces, ni los quince minutos siguientes que estuve esperando por si había ido al baño en una de sus oportunas urgencias y con oportunas me refiero a increíblemente inoportunas por supuesto.

Me levanté entre asustada y decidida a encontrar el error y me dirigí hacia una chica con uniforme que estaba yendo hacia el puesto de embarque para sellar los tickets del grupo de personas que ya hacían cola para entrar al avión.

El corazón me pesaba más de la cuenta aunque estaba segura de que todo saldría bien, mi intuición nunca me falla.



By: Kiissy

domingo, 7 de abril de 2013

Prisionero en un pájaro de hierro (I)


Si las cosas bonitas que suceden te provocan una sonrisa…
Por regla de tres, si sonríes, provocarás que sucedan las cosas bonitas.

Y así empieza esta historia, sin más equipaje que una frase en la cabeza, un esbozo de sonrisa en los labios y, no os engañaré, dos maletas llenas de ropa y neceseres de aseo personal.

Volvía a casa, tras un largo mes en el extranjero, por fin me encontraba recostada en mi asiento y mirando a través de la ventanilla del avión.

Una vez en España no dudaba de cual sería la primera parada,  mi habitación y, más concretamente, mi cama, la cual siempre me recibía a mi regreso con los brazos abiertos y con cierto reproche por haberla dejado fría durante tanto tiempo.

No es que no me gustase viajar y conocer nuevos mundos pero siendo ya el cuarto año trabajando en el mismo centro como docente en Londres, se me hacía un poco duro volver una y otra vez al mismo sitio, a pesar de que era entretenido.

Algo iba a añorar las bromas que nos gastábamos entre los profesores en los ratos libres o a las payasadas que hacíamos a los mismísimos alumnos, pues las clases eran divertidas y no habían normas muy estrictas, no cuando un internado al más puro refinamiento inglés se convertía en casa de acogida de niños de todas partes del mundo durante el verano.

Recuerdo con especial cariño una broma que me gastó el profesor de educación física.

Llegaba una mañana al colegio muy decidida, camino a una pequeña sala de limpieza que habían habilitado para que yo pudiese dejar mis pertenencias durante el día, como los juegos y cuentos que les leía a los niños.
Al llegar al pasillo que conducía directamente al pequeño despacho, lo encontré
convertido en una pista de salto de vallas de atletismo, minuciosamente preparada para impedir el paso a menos que llegases al otro extremo saltando.

Y allí estaba yo, muerta de vergüenza saltando una a una las vallas cual gacela moribunda, porque como comprenderéis a las 8 de la mañana es una verdadera odisea encontrarte en una situación así.

Los profesores y algunos alumnos que ya habían llegado, me esperaban al otro lado muertos de risa con solo ver mi cara de sufrimiento y concentración, colorada como un tomate o ”tomatoe” como dicen por allí.

“You look like a tomatoe!” Resonó en mi memoria la cántiga de uno de los niños entre risas.

No puedo evitar reírme al recordarlo, casi tanto como cuando llegué al otro lado de la improvisada carrera de obstáculos y me encontré cara a cara con James, el causante de mis más de 10 minutos de sufrimiento.

Sin darme cuenta, comencé a reír demasiado alto, pues el señor que iba sentado a mi lado, robusto y con barba de varios días, me miró de reojo por enésima vez en el viaje, carraspeando tan secamente como si en lugar de cuerdas vocales llevase dos cortezas de madera en la garganta.

Moderé el volumen pero no borré la sonrisa satisfecha de mi cara.

A pesar de lo incómodo que pueda parecer, el hecho de que me pillen riendo sola no es algo que me preocupe especialmente…
Para mi es peor que te pillen llorando, al contrario de lo que mucha gente siente.

Yo nunca entenderé a aquellos que se esfuerzan incluso por llorar en un lugar público para que les presten atención, pues lo único que se recibe en esas situaciones es lástima y compasión.

¿No da más buen rollo que te miren por destornillarte de risa sin razón alguna? Con un poco de suerte, a alguien le contagiarás una sonrisa.
Aunque este no sea el caso, porque el señor de al lado se levantó cual alma que se lleva el diablo en cuanto vio al fondo un asiento vacío.

Así entre pensamientos y anécdotas bailando por mi cabeza, el avión llegó a su destino y yo al mío.

Los trajines del aeropuerto no son algo que me entusiasme, de hecho me dan dolor de cabeza, así que en cuanto entré en mi casa, me desprendí de la maleta cual mal amo deja a su perro en la calle y mi cabeza, arrastrada por Morfeo, fue a caer directa sobre la almohada.

En menos de un suspiro, dormía profundamente


By: Kiissy